NUEVO MAPA EN ORIENTE PRÓXIMO

Anna Balletbò. 04/02/2003

En escasamente un mes y medio he tenido la oportunidad de viajar por primera vez a Kabul, he estado de nuevo en Gaza y he pasado el fin de año en Kuwait, tres ciudades, tres países, distantes, distintos y sin embargo unidos por el petróleo y la agenda del Presidente Bush.

En Afganistán la Fundación Internacional Olof Palme trata de poner en marcha un par de centros de salud materno filial con fondos de la AECI, Agencia Española de Cooperación Internacional y en cooperación con el colectivo HAWCA. No será fácil, los bombardeos han terminado, las llamadas fuerzas de mantenimiento de la paz están desplegadas pero el país no está controlado. Mas allá de la capital Kabul, y no todos los barrios, no es posible garantizar la seguridad. Denisa-Elena Ionete, la delegada de UNICEF, sobrevive gracias a disponer de seguridad propia. El delegado de la Unión Europea, el catalán Francesc Vendrell, sobrelleva su nuevo destino gracias a un destacamento de Guardias Civiles. El Ministro de Sanidad no tiene correo electrónico, ni fax, sólo un viejo teléfono negro que funciona a ratos. Lo único que al parecer ha funcionado ha sido la firma del pasado día 27 de septiembre de un acuerdo entre Afganistán, Pakistán y Turkmenistán, para emprender el proyecto de un gasoducto que vaya desde esta última república hasta el Índico y que, por lo visto, es de gran interés para los Estados Unidos, continuación de los acuerdos que ya en 1998 los talibanes establecieron con la empresa norteamericana UNOCAL pero que los atentados a las embajadas norteamericanas de Tanzania y Kenia y el posterior bombardeo de la administración Clinton a las bases de Al Qaeda en Afganistán, hicieron fracasar. Bush retomó el objetivo tras los atentados del 11 de septiembre del 2001 bombardeando Afganistán, derrotando a los talibanes y colocando al frente del país al nuevo presidente Hamid Karzai, ex asesor de UNOCAL, empresa para la que también trabajaron, antes de llegar a la Casa Blanca varios altos cargos de la administración Bush, entre ellos Condoleezza Rice, Consejera Nacional de Seguridad.  También el actual secretario de Energía, Spencer Abraham está estrechamente ligado al lobby petrolero.

En Gaza pude comprobar que, como siempre, las cosas sólo cambian para empeorar. Estados Unidos sigue actuando totalmente a favor de su aliado hebreo renunciando a mediador para pacificar la zona mientras mira hacia otro lado ante las represalias indiscriminadas de Sharon. La justa existencia del Estado de Israel no puede sin embargo mantenerse a costa de negar a los palestinos su propio estado, cuyo territorio se encuentra totalmente amputado y colonizado y es objeto de sistemáticas e indiscriminadas represalias ante los reprobables atentados suicidas que lamentablmente se retroalimentan con los castigos y la nula prespectiva de una salida negociada que culmine finalmente con la existencia de dos estados. Pero a Bush, a diferencia de Clinton, el futuro palestino parece tenerle sin cuidado.  Más bien, parece como si al cerrar toda posibilidad de mediación, esté favoreciendo un terrible juego de justificación de radicalismo ideológico. Evidentemente nada produce en la opinión pública mayor sensación de caos y de pánico colectivo que el atentado terrorista con resultado múltiple en víctimas civiles.  Sensación de caos que demanda indirectamente a la única superpotencia existente que actúe y que reestablezca un nuevo orden que ponga fin a los “nuevos desórdenes mundiales”.  Así, después de los trágicos atentados del 11 de septiembre, la Casa Blanca convirtió lo que debería haber sido una persecución criminal, en una Guerra total. Parece como si detener o eliminar al cerebro o cerebros de los atentados hubiese dejado de interesar más allá de constituir una excusa de fondo para establecer una hegemonía mundial de Estados Unidos y el control absoluto de las fuentes de energía, principalmente del petróleo.

Así debe entenderse la anunciada guerra contra Irak, sea cual sea el resultado de los investigadores de la ONU respecto a la existencia más que improbable de armamento nuclear. Pero Irak no es el objetivo final. Estados Unidos ya se ha instalado en las pequeñas Repúblicas ex soviéticas de Euroasia que le han abierto sus puertas huyendo de Rusia y temerosas de China. Las reservas del Mar Caspio ya están bajo control. Las del Golfo de Guinea las controla desde hace tiempo Exxon Mobil, que tiene un impresentable contrato con Obiang de 25% a 75% a favor de las compañías explotadoras y que pronto llegará a los 300.000 barriles diarios coincidiendo con la reapertura de la Embajada de EEUU. Guinea Ecuatorial, junto con Nigeria, constituyen dos pilares fundamentales de la estrategia energética de cara a la crisis de Irak ante la respuesta que se pueda producir en Irán y Arabia Saudí toda vez que el presidente de Venezuela Hugo Chávez parece resistir primero los intentos de derrocarle y ahora las presiones de todo tipo para que dimita.

Kuwait, aliado de los Estados Unidos que se han asentado en el 30% al norte del territorio desde hace 10 años y tras la llamada guerra de liberación, tienen en el famoso campo de Doha destacados a casi 30.000 efectivos. El acceso a la zona está totalmente restringido ya que es desde allí desde donde atacan de forma persistente desde la guerra del golfo la ciudad de Basora a 40 kilómetros de Kuwait. Basora sufre desde hace aproximadamente un año ataques casi a diario.

Kuwait será sin duda el país de la zona más beneficiado del ataque a Irak, si resulta una guerra corta como aseguran. Por una parte es más que probable que las tropas norteamericanas destacadas se desplacen hacia el norte, dentro de Irak y relajen su presencia en Kuwait cuestionada por jóvenes y grupos integristas. Paralelamente, las compañías petroleras kuwaitíes participarán directamente de la explotación del petróleo iraquí dada la proximidad y eficacia. Así mismo el puerto de Kuwait es el único puerto preparado para dar salida a una parte importante del petróleo.

El objetivo final del equipo Bush en la zona es, además del control del petróleo, trazar un nuevo mapa político a su conveniencia. Para ello, el objetivo final es Arabia Saudí, que se verá abocada a realizar cambios en su sistema político antes de que se los hagan. En cualquier caso en breve se abrirá un periodo de inestabilidad en el país que desean, no sólo los Estados Unidos, sino además sus pequeños vecinos del golfo pérsico con Kuwait a la cabeza, preocupados por la presión del integrismo que amenaza con romper la supremacía de las familias que controlan de forma hegemónica el poder político y económico.

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