PALME EN BADALONA

Anna Balletbò.  Septiembre 2005

Los viernes sobre las siete de la tarde solíamos celebrar Junta en la Asociación de Naciones Unidas de España, ubicada en la calle Fontanella de Barcelona muy cerca de la Plaza de Cataluña. Era un primer piso, precedido de principal, al que se subía por una escalera oscura y desconchada que siempre olía a repollo, debido a que en el mismo edificio, justo en la esquina, había un restaurante económico cuya cocina ventilaba sobre un patio interior, que servía a la vez de supuesta ventilación y luz natural de la escalera. Nunca vi la luz, pero siempre olía la comida y me preguntaba si el odioso guiso no debía ser también odiado por los vecinos de la escalera.

Francesc Noguero, un histórico comunista que a lo largo de todas las crisis dentro del PSUC había siempre optado a favor de la línea dura de Moscú y con quien había coincidido en múltiples ocasiones en reuniones clandestinas a lo largo de la Transición Española, me había convencido para incorporarme a la Asociación en 1976 bajo la presidencia de Antón Cañellas.

La victoria socialista en 1982 comportó un duro golpe para Cañellas, moderado demócrata-cristiano cuyas siglas sufrieron en España una espectacular derrota en las convocatorias electorales constituyentes en 1977, primeras legislativas en 1979 y segundas en 1982, cuando el Partido Socialista se alzó con una mayoría absoluta de 202 diputados. Esta victoria acontecida en octubre de 1982 había estado precedida del intento de golpe de estado de 23 de febrero de 1981 y seguida de un periodo de inestabilidad política y frenazo al desarrollo constitucional y a la construcción del estado democrático y descentralizado, que acabó hastiando a los españoles que decidieron dar el vuelo definitivo votando masivamente al PSOE de Felipe González.

Noguero, con el cargo de Secretario de la Asociación de Naciones Unidas de España, era en la práctica un muñidor de Juntas especialmente hábil en colocar las velas de la Asociación a favor del viento. En 1986 había necesidad de cambios y los propuso en la persona de Tristán la Rosa, un periodista de La Vanguardia que dirigió el Diario de Barcelona en plena crisis del periódico. Tristán me propuso que lo acompañara en la aventura de relanzar la Asociación y me ofreció para el cargo de Vicepresidenta Primera. Acepté y así fue como los viernes a última hora de la tarde un grupo de preeminentes olíamos a repollo. Entre otros la catedrática Victoria Abellán y el fiscal Carlos Jiménez Villarejo. En abril de 1980, con motivo de las elecciones al Parlamento de Catalunya, varios diputados al Congreso entre ellos Joan Reventos y Marta Mata, dimitieron de su escaño para presentarse a la contienda catalana. Corrió la lista y me incorporé al cargo de Diputada por Barcelona en el que permanecí ininterrumpidamente veinte años.

La Asociación de Naciones Unidas concedía anualmente el Premio por la Paz, que se otorgaba a personas de relevantes méritos a favor de dicha causa. Aquel mes de mayo, en la reunión de la Junta, Noguero propuso el nombre de Nelson Mandela y yo el de Olof Palme.

Sabía que el Presidente del Gobierno Felipe Gonzalez tenía previsto viajar a Suecia para aceptar una invitación de Palme y pasar algunos días de agosto juntos en Kurina. Pensé que si obtenía una carta de la Junta de la Asociación y le pedía a Felipe que se la entregara personalmente había muchas posibilidades no solo de que aceptara el premio, sino que viajara a España personalmente a recogerlo. Eso sí, me parecía improcedente darlo ex aequo con Nelson Mandela si éste no acudía también personalmente a recogerlo. Mandela ya había abandonado la cárcel y sugerí que se diera a Palme en noviembre de 1985 y a Mandela al año siguiente.

Creo que nadie en la Junta creyó en la posibilidad real de que un Primer Ministro, Olof Palme, acudiera a Barcelona a recoger el premio. Pero logré la carta y, en el último pleno del Congreso de los Diputados que suele celebrarse en el mes de julio -y que es conocido entre los diputados como “pleno escoba”, porque suelen aprobarse los temas pendientes antes de las vacaciones-, pude entregársela al Presidente del Gobierno Felipe González con el compromiso de que se la entregaría personalmente a Olof Palme.

Estamos en la década de los ochenta con una Europa de fuerte liderazgo: Margaret Thatcher -en línea con el Presidente norteamericano Ronald Reagan-, Felipe González, Olof Palme, François Mitterrand, Helmut Kohl, Bruno Kreisky, Mihail Gorbachov, etc. Un mundo al final de la Guerra Fría en el que la política de la disuasión había culminado con una loca carrera armamentística con Centroeuropa como campo de batalla y una capacidad infinita de autodestrucción. La antigua Unión Soviética se había colapsado desde el punto de vista tecnológico y los derechos de los ciudadanos empezaban a asomar por encima de los derechos de los estados en una demanda creciente de libertad individual. Incluso en aquellos países donde los imperios tenían establecidos sus sistemas de control político -léase Chile, Nicaragua, Salvador, Guatemala, Argentina, Afganistán, Ucrania, Chechenia, Hungría, Polonia, Checoslovaquia, etc.- la falta de legitimidad del opresor goteaba a través de los medios de comunicación social, de forma que unos y otros se preguntaban porqué no podían tener los mismos derechos que quienes se repartían el mundo y además se vanagloriaban de disfrutar de un sistema democrático más perfecto y depurado que los restantes.

En este mundo convulso y en transformación la Suecia de Olof Palme brillaba con luz propia. Era lo más cercano a la perfección democrática, con unos impuestos fuertes y un estado social también fuerte. Las mujeres tenían ayudas y permisos de maternidad impensables lejos del norte. El sistema sanitario era ejemplar, el sistema educativo avanzado y tecnológicamente desarrollado, la tasa de paro reducida y las pensiones aseguradas. El mito sueco brillaba ya con luz propia, una tenue luz de estrella polar, pero que iba abriéndose paso entre la oscuridad y “amenazaba” con contagiar plantando cara al neoliberalismo desregulador rearmado por Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Además la Suecia de Olof Palme, desde la neutralidad de país no alineado, opinaba sobre Chile, Nicaragua, Cuba, Sudáfrica y el conflicto Irán-Irak. ¿Qué demonios se había creído el sueco Palme?

El 15 de noviembre de 1985 Olof y Lisbeth Palme llegaron al Aeropuerto de Barcelona procedentes de Suecia. En el salón VIP del Aeropuerto les esperábamos el Alcalde de Badalona, Joan Blanch, el Ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Fernández Ordóñez -en funciones de Ministro de jornada-, Raimon Obiols, Primer Secretario del PSC, Tristán, el Presidente de la Asociación de amigos de las Naciones Unidas, y yo misma.

Joan Blanch fue diputado en el último tramo de la segunda legislatura (1982-1986) por corrimiento de la lista. Coincidimos prácticamente sentados uno junto al otro debido a la costumbre de adjudicar los escaños de forma alfabética por autonomías y luego también por orden alfabético por los apellidos. Así por cuando obtuve la confirmación de Felipe González de que Olof Palme había aceptado el Premio de la Paz de la Asociación de Naciones Unidas de España y se disponía a viajar a Barcelona para recogerlo la planteé al Alcalde de Badalona si aceptaba organizar la cena de la celebración en su ciudad. Joan aceptó y dispuso que fuese el pabellón del equipo de baloncesto del Joventut de Badalona el lugar donde se celebrara el acto.

Guardo en la retina la imagen fija del momento en que me presentaron a Olof y Lisbeth Palme: cubierto con una gabardina que le llegaba hasta media pierna, calzado con unos zapatos deportivos de color claro, suela de goma y cordones a la inglesa, el mechón de pelo rebelde empeñado en barrerle el rostro y una mirada penetrante de azul potente llena de brillo e inteligencia que, más que escudriñar, invadía el alma del interlocutor. También recuerdo a Lisbeth con unos ojos de azul más grisáceo, vestida con una falda floreada larga y vaposora sobre la que también se cubría con una gabardina sin abrochar y de la que asomaba una blusa clara y un jersey tipo rebeca de lana de colores vivos. Zapatos también deportivas de piel clara y suela de goma. El pelo lacio de un rubio tenue y tez clara. Se la veía frágil al lado de un Palme de aspecto más fuerte.

El matrimonio se parecía a cualquiera pareja de turistas que habían optado por pasar unos días de descanso en Europa del Sur. Raimon Obiols atento a los detalles me hizo observar el calzado y me comentó el oído con socarronería: “Nadie diría que se trata del Primer Ministro de Suecia”. Sin duda, esa voluntad expresa de parecer siempre un ciudadano normal, lejos del boato y la apariencia de los países del sur de Europa, era una de las características de Olof Palme y también de su esposa Lisbeth, de cuya amistad he podido disfrutar en numerosas ocasiones y a quien nunca he visto un solo elemento de ostentación ni en el vestir ni en el actuar.

El contraste del matrimonio Palme en el salón VIP del Aeropuerto de Barcelona con las azafatas disfrazadas de protocolo morenas de sol artificial, cargadas de pulseras de oro y fulares de seda, junto con el responsable de protocolo de la Delegación del Gobierno batiendo al aire en falsos gestos de autoridad e importancia que nadie atendía, era realmente un contraste.

La estancia de los Palme en Barcelona y en Badalona tuvo momentos memorables. Los amigos de Francesc Noguero, alertados e informados supongo que por él mismo de que el premio iba a recaer solo en Palme y que a Nelson Mandela se lo darían en la siguiente convocatoria, decidieron convocar una concentración frente al Ayuntamiento de Badalona coincidiendo con la llegada de Palme para ser recibido por el consistorio, firmar en el libro oficial y pronunciar una palabras en el Salón de Plenos. Los manifestantes decidieron además exibir algunas pancartas reivindicando algún téma menor que ni siquiera recuerdo. Sí tengo presente a un paciente Palme preguntando de qué se trataba y mirando a través del visillo del balcón del despacho de alcaldía para comentar: “Son pocos pero hacen mucho ruido”.

Otro momento memorable fue la visita del matrimonio Palme a una exposición de fotografías y cartelería de la CNT en la Plaza del Rey. Palme, al conocer la existencia de la exposición a través de un folleto que repartían la zona del Barrio Gótico, manifestó su interés en visitarla. Confesó que el tema de la Guerra Civil Española y el papel del anarquismo había sido y era un tema que siempre le había interesado. El responsable de la muestra resultó ser un tal Marco que años después sería descubierto como un impostor como Presidente de Amical Matthaussen, habiéndose hecho pasar por un superviviente de un campo de concentración nazi, que para suerte suya nunca conoció.

Durante el transcurso de la visita al Museo Picasso, la Directora avisó que el Presidente del Gobierno Felipe González quería hablar con él por teléfono. No era época de móviles. La llamada era para invitarle al Palacio de la Moncloa el día siguiente para almorzar. Minutos después de la conversación de González y Palme, el Ministro Paco Fernández Ordoñez me agarró del brazo y en un aparte me dijo: “Acaba de preguntarme quien pagará los billetes de avión a Madrid. Argumenta que él está aquí de visita privada y no puede cárgalos a gastos del Primer Ministro”. Me quedé asombrada. En la Asociación de las Naciones Unidas de España siempre habíamos vivido como quien dice “con lo puesto”. El premio de la Paz, dotado con 500.000 pesetas de entonces, unos 3.000 euros, los donaba la Diputación de Barcelona. Así que el tema por nuestra parte tenía mala solución. “Bueno, sino queda más remedio tendré que pagarlos yo misma. Luego ya hablaré con el Ayuntamiento de Badalona a ver qué se puede hacer”. Finalmente, creo que Francisco Fernández Ordóñez se llevó al matrimonio Palme en el Mistere del Ejército del Aire con el que suele viajar el Ministro de Asuntos Exteriores.

La anécdota es ilustrativa de la forma de pensar y de actuar del dirigente socialdemócrata sueco. La sobriedad, la clara separación entre lo público y lo privado y el escrupuloso cuidado en la administración de los fondos públicos puestos a su disposición. Principios que desgraciadamente son aun hoy poco observados no sólo en muchos países del mundo, sino incluidos muchos de europeos y en los Estados Unidos.

UNA VISIÓN DEL MUNDO

De su época en el sindicato de estudiantes datan las primeras campañas de Olof Palme contra el racismo en Sudáfrica y también sus primeros contactos con los comunistas en plena Guerra Fría y sus trabajos dentro de la organización juvenil por romper el monopolio de tribuna siempre coincidente con las grandes líneas de la política exterior soviética. Palme hizo que la Unión Nacional de los Estudiantes de Suecia, afiliada a la Unión Internacional, la abandonara por el control que los comunistas ejercían en la misma. Después de esta decisión surgió la duda de cual era el paso siguiente, si crear una organización que dependiera del ‘mundo libre‘ y que tarde o temprano se convertiría en un instrumento de los americanos, o bien una organización realmente universitaria que se ocupara de los problemas del Tercer Mundo. Palme propugnó la segunda opción y se creó la COSEC, cuyo objetivo era apoyar las luchas de liberación y las guerras de independencia. Según Palme, la COSEC funcionó hasta que la CIA se infiltró en la misma y cesaron sus actividades.

Una nueva beca a principios de los cincuenta, esta vez canadiense, le permitió viajar por Asia. Era la época en que los franceses libraban los últimos combates en Indochina y John Foster Dulles, entonces Ministro de Asuntos Exteriores de los Estados Unidos, se erigía en defensor de la democracia y la moral y amenazaba a Vietnam con tomar represalias masivas. El propio Palme explica sus discusiones con sus amigos de Singapur hablando de pobreza y de nacionalismo asiático y como convenían en la necesidad de vencer “la locura imperialista”, permitiendo que los pueblos subdesarrollados forjaran su propio destino: “Una noche mis camaradas me arrastraron a un terreno pantanoso, situado en el extremo de la ciudad; era el barrio de la miseria, poblado por millares de familias que vivían en pequeñas chozas colocadas sobre estacas, en medio de las ciénagas, de los mosquitos y de los gérmenes del paludismo. He aquí la auténtica verdad asiática -dijo uno de sus compañeros-. Es sobretodo en estas personas en quienes pensamos cuando reivindicamos la independencia nacional. Es para ellos para quienes queremos construir una nueva sociedad y para que nadie pueda actuar en nuestro nombre. En cuanto los blancos nos hablan de la democracia, del peligro que representan Moscú y Pekín, de la necesidad de mantener la calma y la estabilidad. No podemos comprender de qué nos hablan. Nosotros no somos comunistas, defendemos la libre democracia, pero rechazamos esta estabilidad que nos imponen, porque nos ahoga”.

Esta fue la gran lección que Palme aprendió de sus camaradas de Singapur. A lo largo de los años Palme defendería, en contra de la opinión de Carl Jonas Love Almquist, el escritor sueco del siglo XIX que había escrito que el pueblo sueco, al contrario de la mayoría de los pueblos de Europa, tenía una cierta vocación de pobreza; que las cosas podían cambiar gracias a los movimientos populares y que Suecia se había negado a admitir que la desdicha y la injusticia eran el resultado de una ley inexorable de la naturaleza. Negar el fatalismo era para Palme cambiar la sociedad. En tiempos de Almquist, Suecia era una de las naciones más retrasadas de Europa. Los hechos demostraban a Palme que la pobreza no era inevitable y que si no lo había sido para Suecia tampoco tenía porqué serlo para los países subdesarrollados.

Decía Palme: “Es muy fácil aseverar que no cabe ninguna esperanza para el futuro de los países pobres; fácil pretender que la ayuda de los países poderosos, aún aportando algún alivio, no contribuirá a ninguna transformación profunda; demasiado fácil e innoble. El único medio de ayudar al Tercer Mundo es comportándose como un aliado de los movimientos nacionalistas. En los discursos de los años sesenta yo he desarrollado este tema. Pueblos que han vivido durante siglos bajo la opresión y la dominación de los colonizadores exigen ahora su libertad. Esta toma de conciencia explica la mayor parte de los conflictos actuales. Millones de combatientes de todo el mundo piden la cosa más simple que pueda imaginarse: que se les devuelva su propia tierra”. Estamos en 1977 y así hablaba Palme.

¿Qué diría Olof Palme actualmente del conflicto de Irak? Me parece obvia la respuesta y en este sentido el Palme de 2005 sería sin duda tan incómodo a los Estados Unidos y a sus intereses como lo fue durante la guerra de Vietnam. Entonces, en plena Guerra Fría, los Estados Unidos defendían una posición ideológica y geopolítica de dominio; hoy habría que añadir múltiples razones económicas a las de hegemonía geopolítica y los intereses de la internacional del petróleo y los intereses entrecruzados de las grandes multinacionales vinculadas a la Casa Blanca y cuyo objetivo se centra en la hegemonía y el poder absoluto.

En noviembre de 1975, en la tribuna de Naciones Unidas, Palme habló entre otras cosas de Vietnam. En su discurso señaló que Vietnam había obtenido su independencia después de una de las guerras más largas y más crueles del siglo XX. Señalaba Palme que el heroico combate de los vietnamitas había demostrado que la voluntad de un pueblo determinaba el curso de la historia y que fuese la que fuere potencia enemiga, los ideales de liberación y autodeterminación acababan siempre por imponerse.

Algo parecido opinaba Palme de la dislocación del imperio portugués y los movimientos nacionalistas de Guinea Bissau, Angola y Mozambique, cuya lucha contribuyó de forma indirecta a la caída de uno de los regímenes más reaccionarios de Europa, el Portugal de Salazar-Caetano. Para Palme la Revolución de los claveles se produjo porque los ‘colonialistas’ portugueses, oficiales que formaron el MFA, habían sido “colonizados” ideológicamente por los colonizados africanos.

Olof Palme era consciente de que la conquista de la independencia política por parte de los países del Tercer Mundo no significaba la conquista de la propia autonomía y que dichos países debían afrontar un nuevo peligro, resistiendo las maniobras de las grandes potencias empeñadas en intervenir en sus actividades nacionales. Así lo defendió en la citada intervención en Naciones Unidas, en noviembre de 1975, a propósito del debate sobre Angola: “La independencia política de un nuevo Estado -decía Palme- no es más que una palabra vacía de todo sentido sino va acompañada del derecho imprescindible a organizar su desarrollo económico y social”.

Según Palme, los países en vías de desarrollo estaban en su derecho a reclamar, e incluso a exigir, importantes ayudas de los países ricos, ya que resultaba odioso –según él- que las naciones poderosos siguieran existiendo como islotes de abundancia en medio de un océano de pobreza.

Dispuso que Suecia encabezara la batalla política a favor de un Nuevo Orden Económico Internacional en la creencia de que todas las naciones acabarían aprovechándose de los cambios que debían dar al Tercer Mundo su parte equitativa de las riquezas de la Tierra.

Desde la conciencia de que los recursos del planeta son limitados, señalaba que aún así a todos nos faltaba aceptar las consecuencias de dicha situación. Por ello se manifestaba dispuesto a atacar con insistencia una determinada forma de vivir que daba prioridad a la acumulación de los bienes materiales, fuente de avidez y de problemas, cuando según Palme la primera cosa que había que considerar era el orden de prioridades.

En 1977 manifestaba, en la entrevista mantenida con Serge Richard, el escándalo que se producía en Sudáfrica, donde una minoría blanca preconizaba la discriminación racial y privaba al pueblo negro del más elemental derecho a la autodeterminación, idéntica situación que en Namibia y Rodesia del Sur, hoy Zimbawe.

¿Cómo debían sentar las opiniones de Palme a Alexander Haig, Secretario de Estado de EEUU; a los boers de Sudáfrica; a la CIA; a los servicios de inteligencia sudafricanos; cuando decía: “No quiero convertirme en defensor de la lucha armada, que intentamos evitar a toda costa, pero la comprendo: cuando los hombres que buscan la paz y el progreso no encuentran frente a ellos más que opresión brutal y cínica explotación, pasan de una manera natural, a la violencia, aunque sólo sea por reciprocidad”.

¿Qué diría hoy Palme de la lucha de Al Qaeda y de las posiciones de Bin Laden? ¿Es la guerra en red –como define el sociólogo Manuel Castells- “terrorismo internacional” o una lucha contra el colonialismo económico y la explotación de las propias riquezas? ¿Quiere realmente Bin Laden acabar con la forma de vida occidental o pretende sólo en una primera instancia el derecho de los países árabes a la explotación y disfrute de sus propias riquezas, básicamente las fuentes de energía? ¿Es sólo extensible su lucha a las relaciones entre la familia saudí y la familia Busch en el reparto de las riquezas del petróleo?

¿La solidaridad que despierta el movimiento de Al Qaeda entre una gran mayoría de musulmanes en todo el mundo tendría la misma fuerza que en la actualidad sin tropas en Afganistán y en Irak y con un Estado Palestino real? Preguntas sin respuesta y supuestos políticos impredecibles por inexistentes. Pero cabe imaginarse a un Olof Palme interesado en marco político y patrocinando la evacuación de Irak y de Afganistán y también de los asentamientos israelíes en Gaza y Cisjordania.

PALME Y ESPAÑA

Anna Balletbò. 09/2005

Los adversarios dle Oof Palme lo solían acusar de ‘tercermundista’ y de desatender sus obligaciones europeas como Primer Ministro sueco. Para el dirigente sueco Pierre Schori -de larga trayectoria política en la socialdemocracia sueca, próximo colaborador de Palme, autor entre otros del libro ‘Olof Palme: Reformista sin fronteras’ y que ha ocupado distintos cargos en gobiernos suecos y representado a Suecia en destinos diplomáticos a lo largo de muchos años-, la afirmación era grotesca. En realidad Palme era un ferviente europeísta, pero su compromiso comprendía tanto la Europa Occidental como la Oriental. Salvo contadas excepciones, la derecha europea no participó lo más mínimo en la lucha contra las dictaduras de Europa Occidental, léase España, Portugal o Grecia, ni contra el colonialismo portugués. Por el contrario -y como años después diría la Embajadora de Estados Unidos en Naciones Unidas Kilpatrik al respecto de Pinochet, ‘es un hijo de pu…, pero es nuestro hijo de pu…’-, dieron mínima importancia, a los fascismos imperantes en nombre de su feroz anticomunismo, mientras acusaban a la socialdemocracia de ingenua. En Grecia y Portugal no había existido nunca una socialdemocracia digna de dicho nombre, y aunque España contaba con tradición democrática anterior a la dictadura franquista, arrastraba la herida de una sangrienta guerra civil.

Tanto en Grecia como en Portugal como en España fueron tres dirigentes socialdemócratas, Andreas Papandreu, Mario Soares y Felipe González quienes condujeron a sus respectivos países al seno de la Unión Europea. Hay que señalar que en el caso de Grecia fue un pequeño partido completamente nuevo, el PAK, fundado por Andreas Papandreu en Estocolmo, el embrión del futuro partido socialista PASOK.

Recuerda Schori en el libro antes citado el apoyo de los socialistas suecos a Felipe González cuando éste era un sevillano de 30 años recién elegido presidente del PSOE en 1972 y que por razones de seguridad utilizaba el pseudónimo de Isidoro. Fue a petición de González y de Alfonso Guerra que en 1974 viajaron por Suecia a fin de estudiar la organización municipal, las actividades de partido y de los sindicatos, así como el sistema de educación de adultos. Y fue también en la sede de partido socialdemócrata sueco que por primera vez, en una conferencia de prensa a la que sólo asistieron cinco periodistas, Felipe González y Alfonso Guerra se presentaron públicamente con sus verdaderos nombres.

Tras la muerte de Franco en 1975, el PSOE se posicionó convocando el XXVII Congreso, de forma no clandestina sino abierta, en los bajos del Hotel Meliá Castilla de Madrid, en diciembre de 1976. Olof Palme fue el invitado de honor a dicho congreso. El PSOE sabía lo odiado que era su invitado central por parte de la extrema derecha, cuando con motivo de las últimas ejecuciones franquistas el dirigente sueco recorrió las calles de Estocolmo con una hucha de plástico transparente recogiendo fondos para la oposición. Palme entró fuertemente escoltado por militantes socialistas del equipo de seguridad. Sus palabras provocaron sonorosos aplausos:
– “Ahora el pueblo español se está liberando de los demonios del pasado”;
– “¿Quién puede creer que este proceso no es irreversible? Un pueblo no puede vivir su vida sin democracia”;
– “Evidentemente no hablo de la España oficial; hablo de la España verdadera y de la España futura”;
Y recordó que la democracia ya existía en España y se practicaba no sólo en el mismo local donde se celebraba el Congreso, que calificó de “suelo libre y liberado”, sino que recordó que la democracia había penetrado en partidos, sindicatos y asociaciones culturales, comités de barrio y movimientos populares, donde cientos de miles de miembros respiraban el aire de la libertad y convivían de forma democrática.

En julio de 1977, cinco años más tarde de que Felipe González fuera elegido Presidente del PSOE, España celebró sus primeras elecciones libres y democráticas. El PSOE obtuvo el treinta por ciento de los votos y otros cinco años más tarde, en 1982, tras cuarenta y tres años de exilio y clandestinidad, los socialistas llegaron al poder y obtuvieron la mayoría absoluta.

Palme apoyó siempre la entrada de España en la Unión Europea. En la primera visita oficial a España de un Primer Ministro sueco en 1984, fue preguntado acerca de la entrada de España en la CEE. Dio su opinión favorable. Siete meses más tarde de dicha visita, y diez años después de la primera visita de Felipe González a Suecia, González y su esposa Carmen Romero devolvieron a Palme su visita viajando a Suecia. Era el mes de agosto de 1985, año en que la Asociación de Amigos de Naciones Unidas en España había propuesto al dirigente sueco para entregarle el Premio de la Paz; y el Primer Ministro español se había ofrecido a entregar la carta a su amigo. España ya había firmado el acuerdo de ingreso en la CEE y se había celebrado en Madrid la Conferencia de Seguridad y Cooperación Europea. El Estado Español había conseguido ya el reconocimiento en el contexto europeo y mundial como nación libre y democrática.

Felipe González y Olof Palme mantuvieron siempre una estrecha relación personal y mutua afinidad. Los dos habían accedido al poder en 1982 y solían consultarse con frecuencia respecto a diversos temas. Felipe González comentó públicamente uno de los consejos que le dio Palme una vez que estuvieron hablando sobre cómo debía actuar un Primer Ministro en el campo de tensión que solía producirse en los Consejos de Ministros entre el Ministro de Haciendo y los restantes, que siempre exigían más recursos para sus departamentos: “Dale la razón al Ministro de Hacienda en el 98%; apóyalo sin fisuras, pero utiliza el 2% restante como margen de negociación con los otros Ministros”, le había respondido el dirigente sueco.

¿QUIÉN ERA PALME?

Anna Balletbò. Septiembre 2005

Olof Palme reconocía que su formación política no había surgido del movimiento obrero, pero consideraba que pertenecía al mismo por haber entrado en él a fuerza de trabajar de acuerdo con las condiciones impuestas por el mismo movimiento. Pero los orígenes de Palme eran burgueses.

Durante siglos sus antepasados paternos fueron pastores en los campos de Suecia, pasando posteriormente a incorporarse en el ejercicio del servicio público al sur del país. Su abuelo paterno fue oficial de artillería y mientras de día ejercía como tal, por la noche llevaba la contabilidad de una pequeña compañía de seguros, y acabó abandonando el ejército para acabar convirtiéndose en el propietario de aquella pequeña empresa, bajo cuya dirección llegó a destacar económicamente.

La pasión política de Palme algo debía tener que ver con dicho abuelo, ya que, a parte de empresario y militar, ocupó un escaño en el Parlamento sueco en las filas de los liberales de izquierda próximos a los socialistas. Las críticas que recibieron los militares respecto a su posición en el Estado Sueco antes de la Primera Guerra Mundial y las voces críticas con el presupuesto que recibían, no pudieron ser asumidas por el abuelo de Palme, como antiguo oficial, que evolucionó hacia la derecha del partido para acabar abandonando la política.

La historia del abuelo paterno de Palme tiene especial interés por cuanto se había casado con una finlandesa cuyo padre fue miembro del Gobierno de Finlandia y cuyo hermano fue jefe de la resistencia contra los rusos antes de la Primera Guerra Mundial, convirtiéndose posteriormente en uno de los héroes populares de la lucha por la independencia nacional.

Palme se vio influenciado por dicho abuelo, pero especialmente por la abuela finlandesa, que falleció casi centenaria y que siempre se manifestó muy interesada por la política ilustrando al joven Palme respecto a los viajes que había hecho a través de toda Europa hasta Rusia para llevar mensajes incluso al anarquista Kropotkine. Esta abuela sembró sin duda en Olof la semilla y el interés por el anarquismo, que posteriormente y durante su visita a Barcelona invitado por la Asociación de Amigos de las Naciones Unidas de España, en noviembre de 1985, manifestaría con su interés en visitar la exposición de la CNT que se exhibía en la Plaza del Rey. La abuela paterna estuvo siempre muy preocupada por la cuestión finlandesa y convirtió la casa de los abuelos en un santuario para los refugiados facilitando el contacto entre ellos.

Una hermana del abuelo paterno fue institutriz y estudió en Gran Bretaña, donde se casó con un médico italiano. Su hijo primogénito, Radji Palme Dutt, primo de Olof, ocupó la Secretaría General del Partido Comunista inglés y fue también redactor jefe de la revista del partido. Falleció en 1975.

Un sobrino de la abuela finlandesa fue también durante años el jefe del Partido Sueco en Finlandia y formó parte de diversos gobiernos, desempeñando un importante papel como Primer Ministro durante la negociación con los rusos.

El cuadro familiar de Palme se completa en la rama materna, de orígenes sociales similares a los del padre, y entre los que se contaban diversas generaciones de pastores. Pero, los orígenes maternos eran alemanes. En Riga, capital de Letonia, el abuelo materno presidió la Universidad Técnica. Así pues, su madre perteneció a la minoría germana y cuando fue deportada junto con la abuela de Palme durante la Primera Guerra Mundial, consiguió refugiarse en Suecia, donde conoció al padre de Palme, que había sucedido al abuelo al frente de la compañía de seguros.

Después de quedar viuda, la madre de Palme prosiguió los estudios de medicina que había iniciado en Riga tras estudiar el bachillerato ruso, abandonándolos posteriormente para dedicarse primero a la defensa civil y más tarde a las campañas feministas para la igualdad de derechos.

Así pues, vemos a un Palme con importantes ascendentes políticos en la rama paterna e inquietudes sociales y feministas por parte materna.

Hay que imaginar a ese joven nacido el treinta de enero de 1927 en Estocolmo quedando huérfano en 1934 a la edad de siete años, debilucho y enfermo como su madre, los dos tuberculosos. La tuberculosis, que yo también padecí, era una enfermedad de largo recorrido, que obligaba a largos descansos, prudente gasto físico y permitía leer mucho. El aislamiento obligado para evitar el contagio no permitía grandes diversiones en compañía de terceros y, en consecuencia, la parte positiva de la obligada soledad era el despertar intelectual de la mano de la lectura. Palme aprovechó su tuberculosis para leer mucho y aprender algunos idiomas extranjeros, hasta que pudo seguir con normalidad sus estudios en el Instituto de Sigtuna. La viudez de la madre comportó la opción en internado, que según el mismo Palme confesaría, era poco corriente en Suecia y que, en su caso, venía obligada por el hecho de que la madre viuda debía trabajar, y que, según Palme: “le era difícil ocuparse de mí“.

De esta experiencia en el internado le quedó a Palme una cierta aversión por el sistema escolar sueco, que le llevaría posteriormente a plantear en Suecia la batalla de la educación cuando en 1967 fue nombrado Ministro del ramo y favoreció la reforma de la antigua escuela sueca clasista, en donde había una enseñanza para los campesinos y obreros, otra distinta para las clases medias, y finalmente una diferente para las clases más favorecidas.

A los diecisiete años, Palme había obtenido el título de bachiller, se incorporó al servicio militar en caballería y posteriormente iniciaría los estudios de Derecho.

La inquietud política de Palme se inició con su incursión al ejercicio del periodismo al aceptar el ofrecimiento de entrar a trabajar en un periódico conservador. Las críticas a Palme en relación a sus posiciones derechistas surgen evocando esta época y también la beca que obtuvo para estudiar en los Estados Unidos y que le fue concedida en 1948, lo que le permitió seguir estudios en el Kenyen College de Ohio, uno de los mejores de Estados Unidos.

La vocación internacional de Palme tiene que ver con esta época, en que los jóvenes suecos se habían sentido totalmente aislados en los hielos nórdicos europeos durante todo el período de la Segunda Guerra Mundial. Estaban como encerrados en un ‘fuera de juego‘ que después de la guerra les incitaba, y en el caso de Palme de forma especial, a abrirse al mundo. Una vez obtenido su título de ‘bachelor of arts‘, Olof Palme viajó durante más de tres meses a través de treinta y cuatro estados norteamericanos.

En la entrevista ya citada y concedida a Serge Richard, Palme afirma: “Hay dos maneras de abordar los temas importantes: por medio de la discusión ideológica y teórica o bien a partir de las realidades sociales. El obligarme a practicar el segundo método, durante el periplo de tres meses por Estados Unidos, determinó mi manera de aprender de los acontecimientos”.

De regreso a Suecia, consiguió terminar los estudios de Derecho y comenzó a trabajar en el sindicato de estudiantes, donde fue elegido Secretario de la Unión Nacional de Suecia, posteriormente, responsable de la comisión internacional, y finalmente Presidente de la organización. Eso le dio los medios y la oportunidad para salir del marco exclusivo de los estudios y ocuparse del Tercer Mundo, luchar contra el racismo, y fue el principio de una larga serie de viajes y campañas, todas ellas dirigidas a hacer salir a los suecos de su confortable posición de simples observadores neutrales.