UNA VISIÓN DEL MUNDO

De su época en el sindicato de estudiantes datan las primeras campañas de Olof Palme contra el racismo en Sudáfrica y también sus primeros contactos con los comunistas en plena Guerra Fría y sus trabajos dentro de la organización juvenil por romper el monopolio de tribuna siempre coincidente con las grandes líneas de la política exterior soviética. Palme hizo que la Unión Nacional de los Estudiantes de Suecia, afiliada a la Unión Internacional, la abandonara por el control que los comunistas ejercían en la misma. Después de esta decisión surgió la duda de cual era el paso siguiente, si crear una organización que dependiera del ‘mundo libre‘ y que tarde o temprano se convertiría en un instrumento de los americanos, o bien una organización realmente universitaria que se ocupara de los problemas del Tercer Mundo. Palme propugnó la segunda opción y se creó la COSEC, cuyo objetivo era apoyar las luchas de liberación y las guerras de independencia. Según Palme, la COSEC funcionó hasta que la CIA se infiltró en la misma y cesaron sus actividades.

Una nueva beca a principios de los cincuenta, esta vez canadiense, le permitió viajar por Asia. Era la época en que los franceses libraban los últimos combates en Indochina y John Foster Dulles, entonces Ministro de Asuntos Exteriores de los Estados Unidos, se erigía en defensor de la democracia y la moral y amenazaba a Vietnam con tomar represalias masivas. El propio Palme explica sus discusiones con sus amigos de Singapur hablando de pobreza y de nacionalismo asiático y como convenían en la necesidad de vencer “la locura imperialista”, permitiendo que los pueblos subdesarrollados forjaran su propio destino: “Una noche mis camaradas me arrastraron a un terreno pantanoso, situado en el extremo de la ciudad; era el barrio de la miseria, poblado por millares de familias que vivían en pequeñas chozas colocadas sobre estacas, en medio de las ciénagas, de los mosquitos y de los gérmenes del paludismo. He aquí la auténtica verdad asiática -dijo uno de sus compañeros-. Es sobretodo en estas personas en quienes pensamos cuando reivindicamos la independencia nacional. Es para ellos para quienes queremos construir una nueva sociedad y para que nadie pueda actuar en nuestro nombre. En cuanto los blancos nos hablan de la democracia, del peligro que representan Moscú y Pekín, de la necesidad de mantener la calma y la estabilidad. No podemos comprender de qué nos hablan. Nosotros no somos comunistas, defendemos la libre democracia, pero rechazamos esta estabilidad que nos imponen, porque nos ahoga”.

Esta fue la gran lección que Palme aprendió de sus camaradas de Singapur. A lo largo de los años Palme defendería, en contra de la opinión de Carl Jonas Love Almquist, el escritor sueco del siglo XIX que había escrito que el pueblo sueco, al contrario de la mayoría de los pueblos de Europa, tenía una cierta vocación de pobreza; que las cosas podían cambiar gracias a los movimientos populares y que Suecia se había negado a admitir que la desdicha y la injusticia eran el resultado de una ley inexorable de la naturaleza. Negar el fatalismo era para Palme cambiar la sociedad. En tiempos de Almquist, Suecia era una de las naciones más retrasadas de Europa. Los hechos demostraban a Palme que la pobreza no era inevitable y que si no lo había sido para Suecia tampoco tenía porqué serlo para los países subdesarrollados.

Decía Palme: “Es muy fácil aseverar que no cabe ninguna esperanza para el futuro de los países pobres; fácil pretender que la ayuda de los países poderosos, aún aportando algún alivio, no contribuirá a ninguna transformación profunda; demasiado fácil e innoble. El único medio de ayudar al Tercer Mundo es comportándose como un aliado de los movimientos nacionalistas. En los discursos de los años sesenta yo he desarrollado este tema. Pueblos que han vivido durante siglos bajo la opresión y la dominación de los colonizadores exigen ahora su libertad. Esta toma de conciencia explica la mayor parte de los conflictos actuales. Millones de combatientes de todo el mundo piden la cosa más simple que pueda imaginarse: que se les devuelva su propia tierra”. Estamos en 1977 y así hablaba Palme.

¿Qué diría Olof Palme actualmente del conflicto de Irak? Me parece obvia la respuesta y en este sentido el Palme de 2005 sería sin duda tan incómodo a los Estados Unidos y a sus intereses como lo fue durante la guerra de Vietnam. Entonces, en plena Guerra Fría, los Estados Unidos defendían una posición ideológica y geopolítica de dominio; hoy habría que añadir múltiples razones económicas a las de hegemonía geopolítica y los intereses de la internacional del petróleo y los intereses entrecruzados de las grandes multinacionales vinculadas a la Casa Blanca y cuyo objetivo se centra en la hegemonía y el poder absoluto.

En noviembre de 1975, en la tribuna de Naciones Unidas, Palme habló entre otras cosas de Vietnam. En su discurso señaló que Vietnam había obtenido su independencia después de una de las guerras más largas y más crueles del siglo XX. Señalaba Palme que el heroico combate de los vietnamitas había demostrado que la voluntad de un pueblo determinaba el curso de la historia y que fuese la que fuere potencia enemiga, los ideales de liberación y autodeterminación acababan siempre por imponerse.

Algo parecido opinaba Palme de la dislocación del imperio portugués y los movimientos nacionalistas de Guinea Bissau, Angola y Mozambique, cuya lucha contribuyó de forma indirecta a la caída de uno de los regímenes más reaccionarios de Europa, el Portugal de Salazar-Caetano. Para Palme la Revolución de los claveles se produjo porque los ‘colonialistas’ portugueses, oficiales que formaron el MFA, habían sido “colonizados” ideológicamente por los colonizados africanos.

Olof Palme era consciente de que la conquista de la independencia política por parte de los países del Tercer Mundo no significaba la conquista de la propia autonomía y que dichos países debían afrontar un nuevo peligro, resistiendo las maniobras de las grandes potencias empeñadas en intervenir en sus actividades nacionales. Así lo defendió en la citada intervención en Naciones Unidas, en noviembre de 1975, a propósito del debate sobre Angola: “La independencia política de un nuevo Estado -decía Palme- no es más que una palabra vacía de todo sentido sino va acompañada del derecho imprescindible a organizar su desarrollo económico y social”.

Según Palme, los países en vías de desarrollo estaban en su derecho a reclamar, e incluso a exigir, importantes ayudas de los países ricos, ya que resultaba odioso –según él- que las naciones poderosos siguieran existiendo como islotes de abundancia en medio de un océano de pobreza.

Dispuso que Suecia encabezara la batalla política a favor de un Nuevo Orden Económico Internacional en la creencia de que todas las naciones acabarían aprovechándose de los cambios que debían dar al Tercer Mundo su parte equitativa de las riquezas de la Tierra.

Desde la conciencia de que los recursos del planeta son limitados, señalaba que aún así a todos nos faltaba aceptar las consecuencias de dicha situación. Por ello se manifestaba dispuesto a atacar con insistencia una determinada forma de vivir que daba prioridad a la acumulación de los bienes materiales, fuente de avidez y de problemas, cuando según Palme la primera cosa que había que considerar era el orden de prioridades.

En 1977 manifestaba, en la entrevista mantenida con Serge Richard, el escándalo que se producía en Sudáfrica, donde una minoría blanca preconizaba la discriminación racial y privaba al pueblo negro del más elemental derecho a la autodeterminación, idéntica situación que en Namibia y Rodesia del Sur, hoy Zimbawe.

¿Cómo debían sentar las opiniones de Palme a Alexander Haig, Secretario de Estado de EEUU; a los boers de Sudáfrica; a la CIA; a los servicios de inteligencia sudafricanos; cuando decía: “No quiero convertirme en defensor de la lucha armada, que intentamos evitar a toda costa, pero la comprendo: cuando los hombres que buscan la paz y el progreso no encuentran frente a ellos más que opresión brutal y cínica explotación, pasan de una manera natural, a la violencia, aunque sólo sea por reciprocidad”.

¿Qué diría hoy Palme de la lucha de Al Qaeda y de las posiciones de Bin Laden? ¿Es la guerra en red –como define el sociólogo Manuel Castells- “terrorismo internacional” o una lucha contra el colonialismo económico y la explotación de las propias riquezas? ¿Quiere realmente Bin Laden acabar con la forma de vida occidental o pretende sólo en una primera instancia el derecho de los países árabes a la explotación y disfrute de sus propias riquezas, básicamente las fuentes de energía? ¿Es sólo extensible su lucha a las relaciones entre la familia saudí y la familia Busch en el reparto de las riquezas del petróleo?

¿La solidaridad que despierta el movimiento de Al Qaeda entre una gran mayoría de musulmanes en todo el mundo tendría la misma fuerza que en la actualidad sin tropas en Afganistán y en Irak y con un Estado Palestino real? Preguntas sin respuesta y supuestos políticos impredecibles por inexistentes. Pero cabe imaginarse a un Olof Palme interesado en marco político y patrocinando la evacuación de Irak y de Afganistán y también de los asentamientos israelíes en Gaza y Cisjordania.

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