PALME EN BADALONA

Anna Balletbò.  Septiembre 2005

Los viernes sobre las siete de la tarde solíamos celebrar Junta en la Asociación de Naciones Unidas de España, ubicada en la calle Fontanella de Barcelona muy cerca de la Plaza de Cataluña. Era un primer piso, precedido de principal, al que se subía por una escalera oscura y desconchada que siempre olía a repollo, debido a que en el mismo edificio, justo en la esquina, había un restaurante económico cuya cocina ventilaba sobre un patio interior, que servía a la vez de supuesta ventilación y luz natural de la escalera. Nunca vi la luz, pero siempre olía la comida y me preguntaba si el odioso guiso no debía ser también odiado por los vecinos de la escalera.

Francesc Noguero, un histórico comunista que a lo largo de todas las crisis dentro del PSUC había siempre optado a favor de la línea dura de Moscú y con quien había coincidido en múltiples ocasiones en reuniones clandestinas a lo largo de la Transición Española, me había convencido para incorporarme a la Asociación en 1976 bajo la presidencia de Antón Cañellas.

La victoria socialista en 1982 comportó un duro golpe para Cañellas, moderado demócrata-cristiano cuyas siglas sufrieron en España una espectacular derrota en las convocatorias electorales constituyentes en 1977, primeras legislativas en 1979 y segundas en 1982, cuando el Partido Socialista se alzó con una mayoría absoluta de 202 diputados. Esta victoria acontecida en octubre de 1982 había estado precedida del intento de golpe de estado de 23 de febrero de 1981 y seguida de un periodo de inestabilidad política y frenazo al desarrollo constitucional y a la construcción del estado democrático y descentralizado, que acabó hastiando a los españoles que decidieron dar el vuelo definitivo votando masivamente al PSOE de Felipe González.

Noguero, con el cargo de Secretario de la Asociación de Naciones Unidas de España, era en la práctica un muñidor de Juntas especialmente hábil en colocar las velas de la Asociación a favor del viento. En 1986 había necesidad de cambios y los propuso en la persona de Tristán la Rosa, un periodista de La Vanguardia que dirigió el Diario de Barcelona en plena crisis del periódico. Tristán me propuso que lo acompañara en la aventura de relanzar la Asociación y me ofreció para el cargo de Vicepresidenta Primera. Acepté y así fue como los viernes a última hora de la tarde un grupo de preeminentes olíamos a repollo. Entre otros la catedrática Victoria Abellán y el fiscal Carlos Jiménez Villarejo. En abril de 1980, con motivo de las elecciones al Parlamento de Catalunya, varios diputados al Congreso entre ellos Joan Reventos y Marta Mata, dimitieron de su escaño para presentarse a la contienda catalana. Corrió la lista y me incorporé al cargo de Diputada por Barcelona en el que permanecí ininterrumpidamente veinte años.

La Asociación de Naciones Unidas concedía anualmente el Premio por la Paz, que se otorgaba a personas de relevantes méritos a favor de dicha causa. Aquel mes de mayo, en la reunión de la Junta, Noguero propuso el nombre de Nelson Mandela y yo el de Olof Palme.

Sabía que el Presidente del Gobierno Felipe Gonzalez tenía previsto viajar a Suecia para aceptar una invitación de Palme y pasar algunos días de agosto juntos en Kurina. Pensé que si obtenía una carta de la Junta de la Asociación y le pedía a Felipe que se la entregara personalmente había muchas posibilidades no solo de que aceptara el premio, sino que viajara a España personalmente a recogerlo. Eso sí, me parecía improcedente darlo ex aequo con Nelson Mandela si éste no acudía también personalmente a recogerlo. Mandela ya había abandonado la cárcel y sugerí que se diera a Palme en noviembre de 1985 y a Mandela al año siguiente.

Creo que nadie en la Junta creyó en la posibilidad real de que un Primer Ministro, Olof Palme, acudiera a Barcelona a recoger el premio. Pero logré la carta y, en el último pleno del Congreso de los Diputados que suele celebrarse en el mes de julio -y que es conocido entre los diputados como “pleno escoba”, porque suelen aprobarse los temas pendientes antes de las vacaciones-, pude entregársela al Presidente del Gobierno Felipe González con el compromiso de que se la entregaría personalmente a Olof Palme.

Estamos en la década de los ochenta con una Europa de fuerte liderazgo: Margaret Thatcher -en línea con el Presidente norteamericano Ronald Reagan-, Felipe González, Olof Palme, François Mitterrand, Helmut Kohl, Bruno Kreisky, Mihail Gorbachov, etc. Un mundo al final de la Guerra Fría en el que la política de la disuasión había culminado con una loca carrera armamentística con Centroeuropa como campo de batalla y una capacidad infinita de autodestrucción. La antigua Unión Soviética se había colapsado desde el punto de vista tecnológico y los derechos de los ciudadanos empezaban a asomar por encima de los derechos de los estados en una demanda creciente de libertad individual. Incluso en aquellos países donde los imperios tenían establecidos sus sistemas de control político -léase Chile, Nicaragua, Salvador, Guatemala, Argentina, Afganistán, Ucrania, Chechenia, Hungría, Polonia, Checoslovaquia, etc.- la falta de legitimidad del opresor goteaba a través de los medios de comunicación social, de forma que unos y otros se preguntaban porqué no podían tener los mismos derechos que quienes se repartían el mundo y además se vanagloriaban de disfrutar de un sistema democrático más perfecto y depurado que los restantes.

En este mundo convulso y en transformación la Suecia de Olof Palme brillaba con luz propia. Era lo más cercano a la perfección democrática, con unos impuestos fuertes y un estado social también fuerte. Las mujeres tenían ayudas y permisos de maternidad impensables lejos del norte. El sistema sanitario era ejemplar, el sistema educativo avanzado y tecnológicamente desarrollado, la tasa de paro reducida y las pensiones aseguradas. El mito sueco brillaba ya con luz propia, una tenue luz de estrella polar, pero que iba abriéndose paso entre la oscuridad y “amenazaba” con contagiar plantando cara al neoliberalismo desregulador rearmado por Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Además la Suecia de Olof Palme, desde la neutralidad de país no alineado, opinaba sobre Chile, Nicaragua, Cuba, Sudáfrica y el conflicto Irán-Irak. ¿Qué demonios se había creído el sueco Palme?

El 15 de noviembre de 1985 Olof y Lisbeth Palme llegaron al Aeropuerto de Barcelona procedentes de Suecia. En el salón VIP del Aeropuerto les esperábamos el Alcalde de Badalona, Joan Blanch, el Ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Fernández Ordóñez -en funciones de Ministro de jornada-, Raimon Obiols, Primer Secretario del PSC, Tristán, el Presidente de la Asociación de amigos de las Naciones Unidas, y yo misma.

Joan Blanch fue diputado en el último tramo de la segunda legislatura (1982-1986) por corrimiento de la lista. Coincidimos prácticamente sentados uno junto al otro debido a la costumbre de adjudicar los escaños de forma alfabética por autonomías y luego también por orden alfabético por los apellidos. Así por cuando obtuve la confirmación de Felipe González de que Olof Palme había aceptado el Premio de la Paz de la Asociación de Naciones Unidas de España y se disponía a viajar a Barcelona para recogerlo la planteé al Alcalde de Badalona si aceptaba organizar la cena de la celebración en su ciudad. Joan aceptó y dispuso que fuese el pabellón del equipo de baloncesto del Joventut de Badalona el lugar donde se celebrara el acto.

Guardo en la retina la imagen fija del momento en que me presentaron a Olof y Lisbeth Palme: cubierto con una gabardina que le llegaba hasta media pierna, calzado con unos zapatos deportivos de color claro, suela de goma y cordones a la inglesa, el mechón de pelo rebelde empeñado en barrerle el rostro y una mirada penetrante de azul potente llena de brillo e inteligencia que, más que escudriñar, invadía el alma del interlocutor. También recuerdo a Lisbeth con unos ojos de azul más grisáceo, vestida con una falda floreada larga y vaposora sobre la que también se cubría con una gabardina sin abrochar y de la que asomaba una blusa clara y un jersey tipo rebeca de lana de colores vivos. Zapatos también deportivas de piel clara y suela de goma. El pelo lacio de un rubio tenue y tez clara. Se la veía frágil al lado de un Palme de aspecto más fuerte.

El matrimonio se parecía a cualquiera pareja de turistas que habían optado por pasar unos días de descanso en Europa del Sur. Raimon Obiols atento a los detalles me hizo observar el calzado y me comentó el oído con socarronería: “Nadie diría que se trata del Primer Ministro de Suecia”. Sin duda, esa voluntad expresa de parecer siempre un ciudadano normal, lejos del boato y la apariencia de los países del sur de Europa, era una de las características de Olof Palme y también de su esposa Lisbeth, de cuya amistad he podido disfrutar en numerosas ocasiones y a quien nunca he visto un solo elemento de ostentación ni en el vestir ni en el actuar.

El contraste del matrimonio Palme en el salón VIP del Aeropuerto de Barcelona con las azafatas disfrazadas de protocolo morenas de sol artificial, cargadas de pulseras de oro y fulares de seda, junto con el responsable de protocolo de la Delegación del Gobierno batiendo al aire en falsos gestos de autoridad e importancia que nadie atendía, era realmente un contraste.

La estancia de los Palme en Barcelona y en Badalona tuvo momentos memorables. Los amigos de Francesc Noguero, alertados e informados supongo que por él mismo de que el premio iba a recaer solo en Palme y que a Nelson Mandela se lo darían en la siguiente convocatoria, decidieron convocar una concentración frente al Ayuntamiento de Badalona coincidiendo con la llegada de Palme para ser recibido por el consistorio, firmar en el libro oficial y pronunciar una palabras en el Salón de Plenos. Los manifestantes decidieron además exibir algunas pancartas reivindicando algún téma menor que ni siquiera recuerdo. Sí tengo presente a un paciente Palme preguntando de qué se trataba y mirando a través del visillo del balcón del despacho de alcaldía para comentar: “Son pocos pero hacen mucho ruido”.

Otro momento memorable fue la visita del matrimonio Palme a una exposición de fotografías y cartelería de la CNT en la Plaza del Rey. Palme, al conocer la existencia de la exposición a través de un folleto que repartían la zona del Barrio Gótico, manifestó su interés en visitarla. Confesó que el tema de la Guerra Civil Española y el papel del anarquismo había sido y era un tema que siempre le había interesado. El responsable de la muestra resultó ser un tal Marco que años después sería descubierto como un impostor como Presidente de Amical Matthaussen, habiéndose hecho pasar por un superviviente de un campo de concentración nazi, que para suerte suya nunca conoció.

Durante el transcurso de la visita al Museo Picasso, la Directora avisó que el Presidente del Gobierno Felipe González quería hablar con él por teléfono. No era época de móviles. La llamada era para invitarle al Palacio de la Moncloa el día siguiente para almorzar. Minutos después de la conversación de González y Palme, el Ministro Paco Fernández Ordoñez me agarró del brazo y en un aparte me dijo: “Acaba de preguntarme quien pagará los billetes de avión a Madrid. Argumenta que él está aquí de visita privada y no puede cárgalos a gastos del Primer Ministro”. Me quedé asombrada. En la Asociación de las Naciones Unidas de España siempre habíamos vivido como quien dice “con lo puesto”. El premio de la Paz, dotado con 500.000 pesetas de entonces, unos 3.000 euros, los donaba la Diputación de Barcelona. Así que el tema por nuestra parte tenía mala solución. “Bueno, sino queda más remedio tendré que pagarlos yo misma. Luego ya hablaré con el Ayuntamiento de Badalona a ver qué se puede hacer”. Finalmente, creo que Francisco Fernández Ordóñez se llevó al matrimonio Palme en el Mistere del Ejército del Aire con el que suele viajar el Ministro de Asuntos Exteriores.

La anécdota es ilustrativa de la forma de pensar y de actuar del dirigente socialdemócrata sueco. La sobriedad, la clara separación entre lo público y lo privado y el escrupuloso cuidado en la administración de los fondos públicos puestos a su disposición. Principios que desgraciadamente son aun hoy poco observados no sólo en muchos países del mundo, sino incluidos muchos de europeos y en los Estados Unidos.

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