BACHELET FRENTE A LA HISTORIA

Anna Balletbò. 03/2006

No solo las chilenas y los chilenos se emocionaron viendo a la Presidenta Bachelet recorrer la alfombra roja y entrar en el Palacio de la Moneda, escoltada por los generales de los ejércitos de tierra, mar y aire, el mismo Palacio que los correligionarios de su padre abandonaron esposados el 11 de septiembre de 1973, y allí donde Salvador Allende dejó su vida y la democracia embarrancó teñida de rojo y negro.

Cierto que Ricardo Lagos ya representó hace 6 años la restitución histórica del “Socialismo que vuelve a casa”, pero la banda presidencial sobre el pecho de esa mujer tiene el simbolismo planetario de que los más altos objetivos son conquistables, incluida la Presidencia del muy católico e importante país latino. La Secretaria de Estado Norteamericana Condoleezza Rice, presente, sintió caer una barrera de las dos que frenan sus ambiciones de llegar a la Presidencia de los Estados Unidos, la otra es el color.

También la historia sentimental de Bachelet es rompedora. Casada, divorciada, con distintas parejas, y madre también con diferentes compañeros. Accede sola, posesiona sola y sale a la ventana del Palacio de la Moneda con su madre viuda y con sus dos hijas y su hijo, que por primera vez transgreden sus principios de privacidad para darle apoyo afectivo en su “día grande” y en memoria del abuelo, leal general masón que pagó con vida y sufrimiento sus principios democráticos.

Además están ellas, las ministras de un Gobierno paritario, algunas solteras que optaron por llevar a sus parejas a los actos de toma de posesión. Chile es un país con una ley de divorcio reciente que gestionó Ricardo Lagos superando no sin dificultades el posicionamiento radicalmente en contra de la Iglesia. Un país en que la Catedral de la capital cerró el día 11 de marzo porque todos los oficiantes iban de recepción al Palacio de la Moneda y dónde el obispo es prelado del Opus Dei, al igual que los obispos peruanos de Lima y el Cuzco entre otros muchos, y se ha permitido advertir a la nueva Presidenta que con el aborto no se atreva, ni siquiera el eugenésico.

Pasadas la euforia de los votos, las alegrías de las celebraciones y el gran apoyo popular en la calle y en el corazón de chilenos y chilenas, la nueva Presidenta y el nuevo gobierno no lo tienen fácil.

En Latinoamérica se están produciendo cambios rápidos y espectaculares. Mujeres e indios están alcanzando los más altos puestos políticos por la vía democrática y con amplio apoyo popular. No hay precedentes de que ello haya ocurrido sin democracia. Más cercanía con el electorado, nuevos estilos y nuevas formas, son exigencias de la democracia del inicio del siglo, y más normalidad: que quienes gobiernan resuelvan problemas y demandas.

Tras Ricardo Lagos, rey de la concertación para modernizar Chile, transformar los poderes fácticos y consolidar el proceso democrático, la nueva presidenta tiene ante sí el reto de atender demandas sociales inaplazables en servicios básicos: escolarización, sanidad y seguridad social. Es factible, pero no fácil. Tanto ella como su gobierno, y en especial sus ministras, van a ser objeto de críticas despiadadas. Protagonizaran chistes, difamaciones y maldades de todo tipo. Ridiculizar es también una arma política para recortar la confianza pública y socavar la autoestima y la seguridad en uno mismo y en la tarea encomendada. Al igual que mujeres de derecha defendieron a Bachelet durante la campaña y frente a los ataques sexistas, habrán hombres de la derecha que buscarán aliados en las filas de la izquierda para recuperar territorio frente a la revolución de hábitos e imagen que ellas, las políticas chilenas, representan. El adversario estará muy cerca, a veces incluso dormirá en la misma cama. Desde hace años cuando un hombre pronuncia la frase “que gobiernen los mejores no importa que sea hombre o mujer” me alarmo. Sobrevolando los machistas aparatos de partido, ellos quieren decidir quienes son “los mejores” con sus trampas y sus lobbys, pero ahora afortunadamente es la ciudadanía quien encumbra a las candidatas y en la calle sin trampas deciden por Bachelet. La revolución está en marcha.