AMBICIÓN Y CODICIA

Anna Balletbò. 26/12/2008

La situación económica es mala y conocida.  Las causas se han analizado y mayormente se ha concluido que el detonante eran las hipotecas sub-prime. Hipotecas  a favor de personas con ingresos escasos y con unas garantías sobrevaloradas que tan pronto han subido los tipos de interés, el pago de la cuota se ha hecho imposible.   En  otros casos la pérdida del trabajo y de los ingresos fijos ha sido el detonante del desastre.  Llegados a este punto  la vivienda no ha podido responder del total del préstamo hipotecario por estar sobrevalorada. Además al multiplicarse los  casos,  e irrumpir en el mercado un constante flujo de casas en venta, por impago de las hipotecas, los precios se han derrumbado y las sobrevaloradas garantías han visto reducir su valor en el mercado  en un 40% e incluso más.  El colapso de  los bancos prestamistas de los Estados Unidos y por contagio los de todo el mundo,  por el endoso de productos financieros basados en las hipotecas sub-prime, ha sido espectacular y todavía no se ha llegado al fondo.

Pero  las cosas no suceden por casualidad, ni como diría Andreotti, “por voluntad de Dios”. Las cosas suceden mayormente por voluntad de las personas,  por ambición desmesurada o por codicia no controlada y cuando el calado de las consecuencias  es de tal magnitud como el que nos ocupa, es porque se ha producido un contagio colectivo del creer en el  milagro de la “bota de Sant Ferriol”, milagro consistente en poder ir sacando vino ininterrumpidamente durante, días, semanas, meses y años, sin que nadie se ocupara de rellenar  la bota. El milagro consistía en que el Santo se ocupaba de aprovisionar  la bota con más vino.  Lamentablemente los santos actualmente no se ocupan de estas cosas, y ahora resulta que son los Estados quienes deben aprovisionar,  a cuenta naturalmente de todos los  ciudadanos.  El milagro ya no pertenece al cielo, pertenece al bolsillo de todos los demás.

En pleno auge de la burbuja  tecnológica a mediados de los  noventa, conversando con un buen amigo, máximo responsable en el momento de la edición de un importante periódico editado en Barcelona, le señalé la cantidad de millonarios que a diario aparecían en las páginas de economía de su periódico. No he olvidado su respuesta, “el problema  no está en lo que publicamos, el problema está en que la gente se lo cree”.

No lo olvidé cuando estalló la burbuja tecnológica, no lo  olvidé cuando la familia Sanahuga, propietaria de la empresa Secresa, compró Metrovacesa, ni cuando en noviembre del 2007 leí que en la antigua plaza de toros Las Arenas,  en plena Plaza de España, Secresa iba a facilitarnos poder disfrutar de un balneario que recrearía ambientes lejanos elegidos por los clientes con ayuda de las últimas tecnologías.  No lo olvidé cuando la empresa Habitat compró en Diciembre del 2006 Ferrovial  Inmobiliaria, que a su vez ya se había comido la red Don Piso del ejecutivo del Barça Fernández.  Tampoco lo pude   olvidar cuando La Caixa vendió inmobiliaria ColonialNozar y al inefable Luís Portillo.

 No quisiera remover más la salsa pero a principios del 2007 Estados Unidos se aprestaba a sacar a concurso infraestructuras por un importe de unos 60.000 millones de euros en el plazo de  cinco años.  Abertis, además de  las constructoras, FCC, ACS, OHL, Ferrovial, Sacyr  y Acciona, se aprestaron al asalto. Íbamos a comernos los Estados Unidos.

Hay cosas que no hay que olvidar, por ejemplo, que el dinero que se pide prestado hay que devolverlo.  Que no se puede prestar dinero de terceros de  forma menos responsable a como se gastaría si el dinero fuese propio. No su pueden pagar sueldos y primas a ejecutivos en función  de apuntes contables y maquillajes diversos sino de la riqueza real generada.  No se puede quebrar Lehman Brothers y que su presidente se embolse 480 millones de dólares de indemnización.  Ni que se embolse 3,4 millones Joseph Cassano, director de Productos Derivados de  AIG, después de que la compañía haya tenido que ser reflotada con dinero publico, etc.

Que  lo de vivir sin trabajar puede ser un legítimo sueño pero en general acaba mal.  Que si un inversionista le promete el 10% de interés por  su dinero, cuando los intereses bancarios están por debajo de 4%, caso del timador Madoff, y usted pica y además es de la familia Botín y sabe lo que valen los costes de gestión y los márgenes con los que trabaja la banca, usted ha enloquecido o se ha creído su propio cuento.

Aquí debo recordar la anécdota atribuida a  Joaquín Ruiz Jiménez cuando, aguardando ser recibido por el Papa para presentarle las credenciales de embajador de España en el Vaticano, un sabio cardenal que lo entretenía e interrogaba la preguntó sin temblarle la voz: “y usted señor embajador, cree en Dios o está en el secreto”.

Y es que cuando la ambición de un proyecto bancario se  convierte en  codicia ciega, lo de las sub-prime es un chiste.  Que clase de banqueros o bancarios gobiernan la banca internacional y nacional que han olvidado que deben estar en el secreto que no es otra cosa que la confianza que se consigue lentamente con la prudencia, y no  solamente la liquidez que, desde la crisis del patrón oro, es imposible.

Quizás, y como ha señalado John Coates de la Universidad de Cambridge tras un  estudio de dos semanas  con 17 operadores de bolsa, tras una racha  ganadora, se dispara la testosterona que invita a tomar  nuevas decisiones alocadas hasta la pura irracionalidad. Los mercados se mueven por sentimientos de avaricia, miedo, deseo, ganas de impresionar ganando una fortuna o incluso por la pasión del  riesgo de  medir las propias capacidades.  ¿Como podemos calmar los mercados si se mueven por sustancias químicas que corren por nuestros cuerpos y crean emociones incontrolables?

Warren Buffet, millonario que suele decir cosas enormemente sensatas, calificó los derivados financieros que han contaminado con hipotecas basura los mercados financieros mundiales de “armas de destrucción masiva”.

Cierto, pero aquí lo que falta es ética. Ser rico en un mundo con tantos pobres tiene como reverso la discreción, la no exhibición del dinero y especialmente el amor al trabajo, al proyecto empresarial y el fervor por el ahorro.  Menos gasto y más inversión y sobretodo menos exhibición.  Más calvinismo que diría Max Weber.

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