CAMBIOS SOCIALES, CAMBIOS POLITICOS Y PSOE

Article publicat al diari El Mundo el 5 d’octubre de 2016

Las dinámicas sociales son tozudas y tarde o temprano acaban imponiéndose, también en la política, también en el PSOE. Lo sucedido entre el 26 de septiembre y el 1 de octubre de 2016 en el Partido Socialista es un reflejo de las exigencias de cambio que han anidado en los votantes europeos de izquierdas durante la última crisis económica, 2007-2014, que no ha sido sólo eso, sino en esencia una crisis de valores por cómo se ha abordado la salida y cómo se está resolviendo.

Los votantes de izquierdas esperaban más. Esperaban que la socialdemocracia saliera en su ayuda, que no se doblegara a la política económica impuesta por Bruselas y Berlín, que no asumieran sin rebeldía el dogma neoliberal que ha acabado empobreciendo a las clases medias y ahogando a los partidos socialdemócratas en toda Europa.

Las pavorosas recetas aplicadas a Grecia y a sus clases populares han constituido un abuso de Bruselas que, tras el sistemático atropello a su población, ni siquiera ha pedido perdón y ello a pesar de que otra institución, no precisamente caritativa, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha reconocido que se pasaron y que las políticas aplicadas fueron erróneas. ¿Quién pagará por el error? Al parecer ningún responsable. La práctica desaparición del Partido Socialista griego, el Pasok, es la consecuencia de aplicar las recetas de austeridad de la UE con la amenaza de sanciones y con el resultado del incremento de desigualdad y paro.

En España, el PSOE en el Gobierno se vio también en la tesitura de tener que hacer duros ajustes con la consecuente decepción de su votante tradicional y la pérdida de votos hacia nuevas formaciones, C’s y especialmente Podemos.

Tras las elecciones autonómicas del 24 de mayo de 2015, el PSOE desarrolló acertadamente una política de alianzas con Podemos y partidos afines para facilitar la gobernabilidad de comunidades y ayuntamientos. Guillermo Fernández Vara le debe a Podemos la Presidencia de Extremadura; Emiliano García-Page la de Castilla-La Mancha; Javier Lambán la de Aragón; Javier Fernández la de Asturias; Francina Armengol la de Baleares; Ximo Puig la de Valencia, etc.

Es comprensible que la figura de Pablo Iglesias alarme a muchos. Su estilo, su discurso, sus maneras… no inspiran confianza. Resulta imprevisible. Yo tampoco lo desearía como socio en la gestión de gobierno, pero aun así hablar no puede ser un tabú en política ni merece un pronunciamiento de las características que hemos vivido. Dentro de Podemos y grupos afines hay personas como Íñigo Errejón, Carolina Bescansa, Xavier Domènech, Lluís Rabell y otros que no me parecen más radicales de lo que muchos socialistas fuimos durante la Transición. Cierto que Felipe González y su amistad con Willy Brandt moduló muchas cosas y después el mismo González nos impulsó a abandonar el marxismo en el XXVIII Congreso (mayo de 1979) para facilitar el acceso al Gobierno y tranquilizar a unos y a otros en plena Guerra Fría. No le hicimos caso, tuvo que dimitir para presentarse nuevamente en el siguiente congreso, 12 meses después de tener al partido con una gestora que presidió Federico de Carvajal. Éramos de mucho puño en alto.

En cuanto a los independentistas catalanes, tampoco es comprensible que el PP pueda negociar con el portavoz Francesc Homs su voto favorable a la constitución de la Mesa en el Congreso a cambio de facilitar al Partido Demócrata (ex Convergència) grupo propio, y los socialistas no puedan siquiera hablar. La negociación no fructificó porque el Parlament decidió el día antes de la votación en Madrid votar una de las medidas del llamado proceso hacia la independencia, que Puigdemont con los suyos y la CUP aprobaron.

Con todo el respeto a los socialistas que han ejercido su derecho democrático en el debate interno, creo que hay que hacer una reflexión que vaya más allá de la aparente victoria de los resultados del 1 de octubre. Los cambios han venido para quedarse. No es digerible que la Europa de la austeridad y los destrozos económicos que han vivido y viven tantos ciudadanos y países tenga o haya tenido dirigentes como Juncker, Barroso, Arias Cañete, Neelie Kroes… personajes cuyos comportamientos, en algunos casos legales, son moralmente reprobables y nada ejemplares. Tampoco lo es no poder hablar o negociar con todos los grupos presentes en la Cámara, mientras se comporten pacíficamente y ello a pesar de que algunas declaraciones nos desagraden y no nos inspiren confianza. El diálogo es la base de la democracia y no es razonable pactar con unos cuando conviene y negarle el derecho de hacerlo al otro porque no le conviene a uno. La composición de las cámaras y parlamentos ha cambiado y parece que para bastante tiempo. Mejor tomar nota.

 

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